Alma en los pies

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Cuando voy a emprender alguna ruta, cualquiera que sea, puedo decir a estas alturas que los pies se plantan en ella antes que el resto de mi cuerpo. Es algo de lo que no tenía demasiada conciencia hasta que empecé a notarlo, y a apuntarlo en el calendario. Una noche antes de salir a caminar mis pies quieren huir de mi cuerpo. Con la buena noticia de que casi siempre lo logran. Al principio, si los  dejara librarse del todo, sé que se pondrían a bailar un vals en el borde de la cama para celebrarlo. O más bien, irían acompasándose con un merengue, más que nada por darle algo de ritmo a la llamada de la ruta.

No lo sé, pero “alguien” que camine a menudo le puede sonar de lo que hablo. En vocabulario “caballar” diría que es como un suave piafar, sin violencia, ni desesperación. Y es así como la noche anterior mis pies emprenden la ruta, y se ponen en ello. Y si logro dormir algo, será muy a su pesar. Muy a pesar de ellos lograré que la cabeza se apoye en la almohada y se olvide de que los pies ya están en otra parte. Lejos, a su aire, libres al fin de toda atadura y ligamento. A veces he llegado a imaginar un montón de pies solitarios adentrándose en los caminos sin que ningún cuerpo les dirija. Y bueno Ducham y los surrealistas seguro que hubieran estado encantados con la visión.

En el sueño, entonces, andaré sin pies, no los tendré conmigo. Será un cuerpo que de alguna manera se mueve en el sueño a la usanza de los mitos griegos. Usando una cola escamada, o un ala, todo ello producto de algún castigo o premio divino. Pero de mis pies no tendré noticias hasta el día siguiente. Será en la ruta, en cualquiera de ellas donde se hagan corpóreos, y tomen conciencia de lo que son y a quien están atados, para su desgracia claro.

A una semana de emprender una etapa del Camino de Santiago (Ponferrada-Santiago si la fortuna acompaña) mis pies no me pertenecen. No son lo que parecen, ni mucho menos me responden. Temo tropezarme con ellos. Tambalearme en el fino umbral de lo cotidiano. No sé si serán capaces de llevarme al supermercado, a pasear a la perra…No sé si cualquiera de las nimiedades que me ocupan, les importan lo más mínimo. Lo único que sé es que ya tienen el alma del Camino incrustada, y que en el fondo ya saben que estarán entregados al horizonte desde muy temprano. Y que no habrá tregua para el encuentro con lo desconocido, en la más absoluta confianza, que todo irá por donde tiene que ir, y no de otra manera. Los pies con alma son así, y no hay nada que hacer claro.. Camino de Santiago Logroño Burgos septiembre 2012 229

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Un comentario sobre “Alma en los pies

    Gladys escribió:
    25 agosto, 2015 en 16:21

    No te preocupes, ellos siempre escogen el mejor camino, aunque a veces no sea el más fácil.

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